Flor de memoria: Puebla se consolida como floricultor de México
Por: Redacción SUMMA 30 de Octubre de 2025 | Ciudad de México
En las faldas del Popocatépetl, donde el aire huele a tierra húmeda y el horizonte se tiñe de naranja, miles de manos poblanas cortan la flor que iluminará los altares de todo el país: el cempasúchil. Cada pétalo, cada tallo y cada aroma es fruto de meses de trabajo, paciencia y amor por una tradición que une a vivos y muertos.
Puebla no solo conserva la esencia del Día de Muertos, también sostiene el alma de esta temporada: es el mayor productor de flor de cempasúchil en México, con más de 15 mil toneladas al año, lo que representa cerca del 72 por ciento de la producción nacional, según datos de la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural (Sader).
Atlixco ciudad de Flores.
El municipio de Atlixco, conocido como “la ciudad de las flores”, encabeza la lista con más de 3 mil toneladas cultivadas en 352 hectáreas, pero no está solo: otros 43 municipios como Huaquechula, Tianguismanalco, El Verde, Palmar de Bravo y Santa Isabel Cholula también llenan sus campos de color y esperanza.
Juntos, forman una red de productores que abastecen a los mercados de Puebla, Ciudad de México, Tlaxcala, Hidalgo y Veracruz, garantizando que la flor del Día de Muertos llegue fresca a cada altar.
“Cada flor que cortamos lleva el esfuerzo de toda una familia. Son tres meses de trabajo que florecen en unos días, pero valen la pena cuando la gente sonríe al verlas en su ofrenda”, cuenta Salvador Morales, floricultor de Huaquechula con más de 50 años en el oficio.
La fuerza del campo poblano
Aunque Atlixco brilla con fuerza, la historia del cempasúchil se escribe también en las manos de pequeños productores que siembran una hectárea, media o apenas un par de surcos, resistiendo lluvias, plagas y los altos costos de los insumos.
Aun así, el campo poblano florece con dignidad, con comunidades enteras que trabajan en familia, compartiendo la misma esperanza: que el esfuerzo de sus manos se valore y que su trabajo siga dando vida a una de las tradiciones más queridas del país.
Los productores piden apoyo para seguir creciendo: créditos blandos, seguros agrícolas y precios justos, que les permitan sostener su labor sin depender de intermediarios. Aun con las dificultades, su compromiso con la tierra permanece inquebrantable.
“La flor es nuestra herencia. No solo es negocio: es orgullo, es tradición y es parte de lo que somos”, afirma Gilberto Brindis, de San Felipe Teotlalcingo, mientras acomoda los manojos que llevará al mercado de Huejotzingo.
Tradición que florece en comunidad
El cempasúchil no solo adorna altares, también une comunidades. Cada año, familias enteras participan en el corte, los niños ayudan a amarrar los manojos y los jóvenes venden en los caminos o en redes sociales para obtener un ingreso extra.
Es una cadena viva que demuestra que el campo mexicano sigue siendo el corazón de la cultura, y que apoyar a sus productores es también mantener encendida la llama de nuestras tradiciones.
Comprar la flor directamente en los campos o en los mercados locales no solo garantiza frescura, sino que reconoce el valor de quienes hacen posible que México luzca su mejor color en noviembre.
Un respiro dorado que no se apaga
El aroma del cempasúchil es más que un perfume: es la memoria colectiva que renace cada otoño.
En Puebla, las manos que siembran, riegan y cortan estas flores doradas no solo cultivan belleza, sino también identidad, sustento y esperanza.
Su trabajo mantiene viva una de las tradiciones más entrañables del país y recuerda que, mientras haya quien siembre, la vida siempre volverá a florecer.
Redacción SUMMA
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