Me gusta escribir sobre aquellos lugares en los que ya no estoy

Por: Jordan Páez 18 de Diciembre de 2025 | CDMX, México

Me gusta escribir sobre aquellos lugares en los que ya no estoy. Quizá porque soy rehén de una melancolía absurda, de ese anhelo constante por el pasado, por lo que no volverá, por lo que aprieta el corazón mientras me niego —a veces— a habitar del todo el presente.

Me gusta recordar esas mañanas de sábados de diciembre, en vacaciones de primaria, cuando mi viejita ya tenía listos unos buñuelos improvisados con tortilla de harina, azúcar y canela. Bastaban para que la casa oliera a hogar. Las ganas de consentirme eran tan grandes como su imaginación para inventar un postre distinto cada vez.

Me gusta escribir sobre las fogatas en familia, antes de que mis bisabuelos partieran de este plano. Sobre las risas interminables, los correteos hasta quedar exhaustos, y esa ingenua certeza de que el tiempo jamás pasaría. Me gusta traer frente a mí esos flashes de lugares que nunca imaginé dejar de tener.

Han pasado casi seis años desde la última vez que pateé una pelota. Algo que amaba tanto que jamás pensé abandonar. Recuerdo esas tardes infinitas donde un simple “gol gana” era un pacto de entrega total, hasta que las piernas temblaban y el refresco obtenido sabía a copa de campeones.

Me gusta recordar las tardes con mis amigos después de sesión. Nunca lográbamos ponernos de acuerdo sobre a dónde ir a cenar, solo para terminar —una vez más— en los mismos tacos de siempre. Reíamos al aceptar que parecía una maldición compartida con gusto. Bastaba vernos, convivir, reír juntos.

Han pasado años desde la última reunión; los cumpleaños dejaron de celebrarse como lo hacíamos cuando creíamos haber construido una segunda familia.

Me gusta recordar la primera vez que mis papás llevaron a mi hermana y a mí a la Alameda para tomarnos una foto con los Reyes Magos. El algodón de azúcar flotando, la verbena, el espíritu navideño por todos lados. A pesar de haber vivido frente a la Alameda ya de adulto, nunca regresé. Tal vez por miedo a que el recuerdo no se sintiera igual.

Me gusta traer a la memoria la primera vez que entré con mi Bren preciosa a una tienda de conveniencia por unas gomitas de pepino con chile. Supieron como si nunca antes hubiera comido unas gomitas. Se volvieron un ritual: cada semana regresábamos por ellas en nuestras citas, porque eran nuestras.

Representaban esos días especiales caminando por el camellón de Reforma, viendo cómo las flores cambiaban tan rápido: de cempasúchil a jacarandas, y en un pestañeo, a nochebuenas.

Pero hoy no quiero escribir sobre los lugares en los que ya no estoy.

Hoy quiero mantener viva la felicidad del aquí y el ahora. Quizá con algo tan pequeño como comprar unas gomitas de pepino enchilado y recordarme que sigo teniendo a la mujer de mi vida a mi lado. Que, aunque los buñuelos de mi gorda no regresen, siempre podré preparar unos para mi familia y mantener su recuerdo vivo.

Hoy, las nochebuenas me recuerdan que quizá no es tarde para soltar la melancolía y atreverme a reinventar una foto de Reyes Magos. Ya no en la Alameda —porque ya no existen esos stands—, pero sí en un nuevo lugar donde sí estaré.

Que estas fechas no te hagan añorar de más los lugares en los que ya no estás.
Que la melancolía no te oprima el pecho.

Hoy, reinventa los lugares en los que sí estarás.

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