Ciudad impagable: gentrificación, tráfico y expulsión urbana

Por: Jordan Páez 24 de Julio de 2025 | Ciudad de México

Hay ciudades que se transforman para volverse más atractivas. Pero hay otras que, en ese proceso, se vuelven inhabitables para quienes las construyeron con su cotidianidad. Eso es exactamente lo que está ocurriendo en múltiples zonas urbanas de México: el rostro visible del crecimiento está ocultando una expulsión silenciosa. Una reconfiguración social donde lo moderno se impone, pero excluye.

Lo llaman gentrificación, pero para la mayoría tiene otro nombre: no poder pagar la renta de siempre, el tianguis de siempre, la vida de siempre.

Colonias enteras —antes tejidas por panaderías, mercados, memoria y comunidad— son reescritas por inversiones en dólares, desarrollos verticales y cafés de autor. El caso ya no es exclusivo de la Ciudad de México. Puebla, Tijuana, Mérida y hasta los Pueblos Mágicos están siendo rediseñados no para quienes los habitan, sino para quienes los visitan o invierten en ellos.

El investigador Luis Alberto Salinas Arreortua, del Instituto de Geografía de la UNAM, lo resume con precisión: “La gentrificación es una reestructuración de las relaciones sociales en el espacio.” Es decir: la vivienda ya no está pensada para vivirla, sino para rentarla, para capitalizarla, para ponerla al servicio de otros intereses.

El salario que no cabe en la ciudad

Aunque el salario mínimo ha subido 126% en los últimos seis años, más de 7.9 millones de trabajadores formales ganan menos de 9,257 pesos al mes, muy lejos del umbral del salario digno, que ronda los 12,500 pesos. El crecimiento salarial es real, pero no alcanza para cubrir renta, comida y transporte al mismo tiempo.

Don Efigenio, María y Emmanuel —protagonistas reales del episodio— tienen algo en común: trabajan jornadas completas, pagan impuestos, sostienen con sus oficios la vida urbana… y sin embargo, viven al borde del desalojo económico. Porque la ciudad que ayudan a funcionar ya no tiene lugar para ellos.

El resultado: migración interna forzada. Desplazamiento silencioso hacia la periferia. Barrios que se vacían de historia y se llenan de Airbnb.

Casas que no se pueden habitar

El “sueño” de la vivienda propia se convirtió en una trampa para cientos de miles. Se edificaron conjuntos habitacionales alejados, mal conectados, sin servicios. Viviendas baratas que resultaron imposibles de vivir, no por el precio, sino por el costo de trasladarse hasta ellas.

Zumpango, Huehuetoca, Tecámac: nombres que se convirtieron en sinónimo de abandono habitacional. Porque cuando un trabajador debe salir a las 4:30 a.m. para llegar a tiempo a su empleo… esa casa ya no es un hogar. Es una hipoteca emocional.

El tráfico no es la causa. Es el síntoma.

El colapso de movilidad es otro rostro del mismo problema. No es solo que haya demasiados autos. Es que las ciudades están diseñadas para distancias imposibles y jornadas inflexibles. El índice TomTom Traffic muestra que los habitantes de la Ciudad de México pierden más de 152 horas al año en embotellamientos. Eso equivale a seis días y ocho horas de vida… perdidos.

Las soluciones existen: carriles reversibles, horarios laborales escalonados, teletrabajo real, transporte multimodal. Lo que falta es voluntad política y coordinación institucional.

¿Y si repensamos la ciudad desde la dignidad?

La ciudad colapsa no por falta de infraestructura, sino por falta de justicia urbana. Se construye sin consultar, se planifica para el capital, no para la comunidad. Y el resultado es una ciudad cada vez más funcional para unos pocos, e invivible para la mayoría.

Gentrificación no es una moda. Es una forma de despojo disfrazada de modernización.

Y mientras sigamos ignorando a quienes habitan, caminan, limpian, sanan, transportan y cocinan esta ciudad… seguiremos construyendo espacios sin pertenencia.

Hoy más que nunca, necesitamos pensar el derecho a la ciudad como algo más que infraestructura: como una promesa de permanencia, identidad y equidad.

Porque si quienes sostienen la ciudad no pueden vivir en ella, entonces ya no estamos hablando de urbanismo. Estamos hablando de exclusión estructural.

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