Cuando el mundo aprende a mirar hacia otro lado: la violencia contra mujeres y niñas
Por: Arantzazu Abreu Y Uriarte 9 de Marzo de 2026 | Puebla, México
Durante años nos hicieron creer que los derechos de las mujeres eran un avance que ya no podía revertirse. Que una vez pactados en tratados internacionales, escritos en constituciones y desarrollados en leyes, estaban a salvo. Que el tema ya no estaba en riesgo. Hoy, esa certeza se ve debilitada. No porque los derechos hayan dejado de existir en el marco jurídico, sino porque en la práctica se están quedando sin efecto real.
La advertencia reciente de Reem Alsalem, relatora especial de la Organización de las Naciones Unidas sobre la violencia contra las mujeres y las niñas, no es un discurso exagerado ni un simple posicionamiento ideológico. Es una llamada de atención basada en datos: los ataques contra mujeres, los feminicidios y la falta de acceso a la justicia siguen creciendo, mientras muchos Estados parecen más preocupados por administrar la narrativa que por corregir las fallas de fondo.
El discurso no basta
Vivimos rodeados de mensajes sobre igualdad y derechos humanos. Declaraciones, compromisos, agendas, reformas. El lenguaje se ha vuelto tan repetido que a veces parece que nombrar la violencia fuera suficiente para resolverla. Pero mientras el discurso se repite, la violencia no se detiene.
En México y en el mundo, millones de mujeres siguen viviendo violencia física, sexual, psicológica y económica en su vida cotidiana. En nuestro país, siete de cada diez mujeres mayores de 15 años han sufrido algún tipo de violencia a lo largo de su vida. Y estos números no muestran una mejora clara con el paso del tiempo.
Aquí está una de las confusiones más graves del sistema: reconocer un derecho no es lo mismo que garantizarlo. Nombrar la violencia no la previene. Y tipificar delitos no sirve si las denuncias terminan archivadas, mal clasificadas o simplemente ignoradas.
Donde el sistema empieza a fallar
El retroceso no siempre llega con leyes que eliminan derechos de forma abierta. Muchas veces aparece cuando el Estado deja de responder de manera efectiva, cuando la violencia se normaliza y cuando la impunidad se vuelve parte del funcionamiento cotidiano.
Los feminicidios en México siguen siendo alarmantemente altos. De acuerdo con cifras oficiales del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, en 2025 se registraron más de 440 casos de feminicidio en el país, y otras fuentes estiman un total superior a 670 para todo el año, lo que demuestra que la violencia extrema por razón de género continúa siendo una crisis persistente. Aunque existen leyes específicas para atender este delito en todo el país, su aplicación es deficiente. Solo un porcentaje muy bajo de los casos llega a una sentencia firme. Muchas investigaciones se estancan desde el inicio, se archivan o se clasifican incorrectamente.
Esto ocurre por varias razones: tipos penales demasiado rígidos que no alcanzan a encuadrar todas las formas de violencia; denuncias mal integradas por falta de capacitación o acompañamiento; instituciones saturadas por la carga de trabajo; procesos lentos que hacen que la justicia llegue tarde, cuando ya no sirve para proteger a nadie. Todo esto demuestra que no estamos frente a errores aislados, sino ante fallas estructurales.
Impunidad y acceso limitado a la justicia
En muchos casos, las investigaciones por violencia extrema contra mujeres no avanzan como deberían. Se piden pruebas innecesarias, no se dictan medidas de protección oportunas y, peor aún, se revictimiza a las mujeres al obligarlas a repetir una y otra vez lo que vivieron. Esto no es un detalle menor: revictimizar también es una forma de violencia institucional.
Cuando ni siquiera se llega a una consignación formal, el mensaje es claro. No se trata solo de una falla operativa. Es la normalización de la impunidad. Y cuando un sistema falla de manera constante, deja de ser un accidente y se convierte en responsabilidad institucional.
Diversas organizaciones defensoras de derechos humanos han señalado que en México la impunidad en casos de feminicidio sigue siendo la regla, y que muchas investigaciones no incorporan una perspectiva de género real. Esto reduce drásticamente las posibilidades de justicia para las víctimas y sus familias, y erosiona la legitimidad del propio sistema.
Más allá de las cifras
El debate público sobre la violencia contra las mujeres suele quedarse en estadísticas. Pero detrás de cada número hay una historia: niñas y mujeres asesinadas por el simple hecho de serlo; víctimas que nunca recibieron apoyo; familias que continúan buscando justicia en medio de obstáculos institucionales.
La violencia también se manifiesta de formas menos visibles y, por eso mismo, más normalizadas. No solo está en el acoso en el transporte público, en el trabajo o en los espacios digitales. También aparece dentro de la familia, en relaciones donde el control económico se usa como forma de poder: cuando se limita el acceso al dinero, se condiciona el apoyo económico, se generan deudas a nombre de la mujer o se utiliza la dependencia financiera para impedir que salga de una relación violenta. Muchas mujeres no identifican estas prácticas como violencia, porque no dejan marcas físicas, pero sí generan miedo, sometimiento y pérdida de autonomía.
México frente al espejo
En México, la advertencia internacional funciona como un espejo incómodo. No porque no sepamos lo que ocurre, sino porque nos hemos acostumbrado. Los casos de violencia ocupan titulares por unos días y después desaparecen de la conversación pública, sin que se traduzcan en cambios reales.
La pregunta ya no es si los derechos de las mujeres existen en las leyes. La verdadera pregunta es si estamos dispuestos a defenderlos cuando dejan de ser cómodos, cuando exigen acciones concretas y cuando implican asumir costos políticos e institucionales.
Ignorar lo que está pasando no es neutral. Y cada día que pasa sin respuestas efectivas refuerza un mensaje peligroso: el sistema sigue fallándole a las mujeres, y lo hace con una preocupante normalidad.
Arantzazu Abreu Y Uriarte
Comparte este artículo
Te podría interesar



