DERECHO A SER
Por: Karla Paola Pichardo Toledo 10 de Marzo de 2026 | Estado de México, México
Mil voces, mil causas: no nacimos para ser indiferentes.
El ruido de fondo
Mil voces y mil causas llegan a nuestros oídos todos los días. Algunas gritan en las calles, otras apenas susurran desde los márgenes de nuestras redes sociales o desde los rincones olvidados de nuestras localidades. La mayoría pasan de largo, como si fueran parte del ruido de fondo. Vivimos scrolleando, atrapadas y atrapados en la inmediatez, y sin darnos cuenta, dejamos de ver lo que le duele a las demás personas… hasta que un día nos alcanza.
Cuando la injusticia nos alcanza
Y cuando la injusticia toca nuestra puerta, ya no hay filtro, ni distancia emocional que funcione. Entonces llega la desesperación: que nadie escuche, que nadie actúe, que todo siga igual. Pero también llega algo más: el miedo. Miedo a hablar, a equivocarse, a que te callen. ¿Pero, qué pasaría si nos atrevemos a romper ese silencio?
Participación ciudadana: una necesidad colectiva
Por eso, la participación ciudadana es más que un derecho; es una necesidad colectiva. Como bien señaló José Fernández Santillán:
“La participación tiene un sentido pedagógico, hace que el hombre contemple un horizonte distinto del que le proporciona su vida cotidiana al conectarlo con asuntos de otros hombres.”
Participar nos saca de la burbuja del individualismo y nos devuelve a lo común, a la conciencia de que vivimos en sociedad y que tenemos responsabilidades con ella.
Una vez que conocemos una situación injusta, dolorosa o excluyente, no podemos permitirnos ser indiferentes. El silencio, la apatía o estacionarnos en lo ajeno para decir: “eso no me afecta”, son formas cómodas de complicidad y frente a realidades que claman por justicia, ser espectadores solo prolonga el daño.
El arte de la articulación
Pero la reivindicación no nace solo del enojo. Requiere algo más: el arte de la articulación. Conectarnos con otras personas, con otras luchas, desde la empatía, la voluntad y los consensos. Es cuestión de no dejar que nuestros corazones sean ciegos ante la desafortunada situación de otras personas, permitir que esos latidos de digna rabia nos guíen por el camino de la resistencia.
Sí, a veces es duro, a veces parece que somos pocas personas intentando cambiar algo enorme, además de que alzar la voz puede tener un costo: ser señaladas, ignorados o silenciadas. Pero cuando lo hacemos en colectivo, el eco de nuestras voces se multiplica y las luces que apagan pueden volver a encenderse si alguien más toma el relevo, porque la lucha nunca muere mientras haya quien la continúe.
También es cierto que muchas personas eligen desconectarse por sensibilidad o por salud mental, y aunque es válido, protegernos no debe significar cerrar los ojos ante la realidad; podemos cuidarnos y al mismo tiempo mantenernos informados e informadas, actuar desde lo posible, acompañar y compartir. Recordemos que somos parte de un mismo tejido humano, conectados y conectadas entre nosotras, con la madre tierra y con cada forma de vida que nos rodea.
Creer en el arte de la articulación es reconocer que cada voz cuenta, que cada gesto puede generar cambio, y que la suma de nuestras resistencias teje esperanza de construir una vida que no asuma la injusticia como parte de todo.
Karla Paola Pichardo Toledo
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