El trazo que no se repite: Zoran Matic y la lección del silencio

Por: Karla Reyes 22 de Octubre de 2025 | Ciudad de México

“Sean libres: no usen el cerebro, usen el corazón.”
Con esa frase, el Mtro. Zoran Matic “Mata” resume una filosofía de vida y creación que trasciende el arte. En su voz pausada y su mirada serena se intuye la profundidad de quien ha recorrido el mundo, el alma y el tiempo. No necesita ruido para hacerse notar; su sola presencia impone una calma que enseña más que cualquier discurso.

Zoran no busca escenarios ni aplausos. Habla desde una certeza interior: el arte no es un producto, sino una forma de oración. “Creo que haberme dedicado al arte viene del designio de Dios —dice—, porque no sé de dónde más podía llegar este privilegio a mis manos.”
Nacido en medio de la guerra, forjado entre la disciplina monástica y la contemplación espiritual, su historia es la de un hombre que hizo del lienzo una extensión del alma y de la vida, una ofrenda a lo divino.

Una vida que encuentra luz entre la guerra y el espíritu

El maestro Matic creció en una Europa marcada por los conflictos bélicos y las heridas del siglo XX. Su padre fue un revolucionario durante la Segunda Guerra Mundial, pero Zoran siguió otro tipo de revolución: la del espíritu. Su vida lo llevó a monasterios, a montañas, a templos donde aprendió de monjes y sabios antiguos.
“Conocí a un monje que resultó ser la encarnación del decimoséptimo Buda. Él llegó a mi vida para cambiarla, y yo a la suya. Nada es casualidad, nada lo es en esta vida.”

Habla varias lenguas, domina la palabra con la misma precisión con la que traza una línea. Pero más allá de la erudición, lo que distingue a Zoran es su humildad: una sabiduría que no se impone, sino que fluye. En sus recuerdos caben paisajes tan vívidos que parecen surgir de un sueño: “recuerdo bosques como los de Tolkien, montañas imposibles, gente luminosa; a veces pienso que viví dentro de una pintura surrealista.”

El símbolo como lenguaje del alma

Zoran Matic no pinta por técnica ni por estilo: pinta por necesidad interior. Su obra, impregnada de surrealismo y simbolismo, dialoga con lo visible y lo invisible, con lo racional y lo místico.
“En mi obra hay surrealismo, pero el surrealismo sin simbolismo es vacío. Los sueños son el terreno donde todo es posible.”

Su autenticidad radica en no copiar, en no ser eco de nadie. Aunque fue el último alumno de Salvador Dalí, no busca heredar su sombra, sino su libertad. “Dalí me dijo: ‘No seas un Dalí 203 ni 204, sé libre’. Y eso enseño: a ser uno mismo.”

Zoran aprendió de Dalí el delirio del color y la precisión del símbolo, pero su legado personal es distinto: una espiritualidad pictórica que une lo humano con lo eterno. En sus cuadros, el ojo se convierte en un portal, el silencio en un lenguaje, la emoción en materia.

El arte como puente, no como mercancía

“El arte verdadero no se vende, se ofrece.”
En esa afirmación se condensa su filosofía. Para Zoran, cada obra es una extensión del alma, un puente entre quien crea y quien contempla. El arte, dice, es la única forma de comunión que aún no ha perdido su pureza.

No busca discípulos, sino almas que escuchen. No enseña técnicas, sino formas de mirar. Habla de la pintura con la serenidad de un monje y la pasión de un poeta. Su legado no es un estilo ni una corriente: es una forma de entender la vida como arte y el arte como oración.

Reflexión final: el arte de vivir con autenticidad

En tiempos de inmediatez y ruido, el maestro Zoran Matic representa un contrapeso luminoso. Su presencia nos recuerda que la creatividad no proviene del ego, sino de la conexión interior con lo trascendente. Que la sensibilidad es una forma de liderazgo silencioso.

Su enseñanza no se impone: se revela. Como sus trazos, como sus palabras. En él, cada pausa tiene sentido, cada silencio enseña.
Zoran no pinta para convencer, sino para sentir. No enseña a crear, sino a reconocer lo sagrado en cada gesto humano.

Porque, como él mismo dice, “el arte siempre será un puente”.

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