Miguel Guerrero y el nuevo rostro del Poder Judicial en la CDMX

Por: Redacción SUMMA 10 de Febrero de 2026 | Ciudad de México

La justicia en México ha cargado históricamente con un déficit profundo: la distancia emocional y práctica entre el Poder Judicial y la ciudadanía. Juzgados inaccesibles, lenguaje técnico impenetrable y una percepción generalizada de lejanía han erosionado la confianza pública. En ese contexto, lo que ha comenzado a impulsar el juez penal Miguel Guerrero en la Ciudad de México no es un gesto menor, sino una ruptura institucional relevante.

Sacar la función judicial del edificio, del expediente y del formalismo, para colocarla en el territorio, no es común. Tampoco es cómodo. Y precisamente por eso, el ejercicio merece ser analizado con seriedad.

Un precedente incómodo para el Poder Judicial conservador

El modelo impulsado por Guerrero incomoda porque rompe inercias internas. El Poder Judicial conservador solía resguardarse en la imparcialidad entendida como distancia, cuando en realidad la imparcialidad no está reñida con la empatía institucional. Escuchar no equivale a juzgar; dialogar no significa intervenir indebidamente.

Desde una lectura política, este ejercicio abre una discusión de fondo: ¿debe la justicia limitarse a resolver conflictos o también asumir un papel pedagógico y social? En un país donde la desconfianza en las instituciones es estructural, la legitimidad no se sostiene solo con sentencias, sino con comprensión pública de los procesos y límites de la función judicial.

Justicia cercana sin populismo judicial

Un riesgo evidente de cualquier ejercicio territorial es la tentación del protagonismo. Sin embargo, hasta ahora, el modelo de Guerrero ha evitado ese desliz. No hay promesas, no hay resoluciones improvisadas, no hay apropiación de causas específicas. Hay escucha, explicación y presencia institucional.

Ese matiz es clave. No se trata de un juez que busca popularidad, sino de uno que parece entender que la autoridad judicial también se construye desde la confianza social. Actividades simbólicas, como convivencias comunitarias, funcionan aquí como vehículos de diálogo, no como espectáculo.

Implicaciones institucionales y límites necesarios

El precedente que se abre no está exento de preguntas. ¿Puede este modelo escalarse sin comprometer la independencia judicial? ¿Debe institucionalizarse o permanecer como iniciativa individual? ¿Cómo evitar interpretaciones de parcialidad?

Justamente ahí reside su valor: obliga al Poder Judicial a pensarse más allá del expediente, sin abandonar la legalidad. En un momento de transformación institucional en el país, la justicia no puede permanecer inmóvil ni encapsulada.

Una conversación que ya no se puede cerrar

La experiencia encabezada por Miguel Guerrero coloca sobre la mesa una idea potente: la justicia también puede ser cercana sin perder rigor. Para una ciudadanía acostumbrada a ver al Poder Judicial como un ente distante, este ejercicio abre una nueva narrativa posible.

No es una solución mágica ni una reforma estructural por sí sola. Pero sí es un mensaje claro: cuando las instituciones se atreven a escuchar, su legitimidad comienza a reconstruirse. Y en el contexto actual, eso ya es un acto profundamente político.

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