"Origen no es destino"

Por: Jordan Páez 12 de Febrero de 2026 | Ciudad de México

27 de noviembre fue de esos días en que, de lo que sucede se queda algo que te cambia la vida; y aunque en ese día hubo bastantes momentos, hay uno que marca un antes, y un después. He tenido la oportunidad de escuchar a cientos de oradores, algunos impactan más que otros; sin embargo, el mensaje de esa noche fue contundente, poderoso, inspirador al grado de sentir la urgencia de tomar acción y gestar un cambio, y por supuesto, conmovedor.

Una líder con una sencillez que se puede percibir desde la forma en que entona la palabra, con el peso de millones de mujeres a cuestas, siendo una voz con acción, con trabajo y con la misión de demostrar que origen no es destino.

Esa noche, la protagonista fue Eufrosina Cruz Mendoza.

De la exclusión a la reforma estructural

La historia pública de Eufrosina está documentada: en 2007 denunció que en su comunidad, bajo el régimen de usos y costumbres, se le negó el derecho a votar y ser votada por el hecho de ser mujer. Lo que pudo quedar como una anécdota local se convirtió en una causa nacional.

Su tránsito posterior no fue simbólico, fue institucional. Desde el Congreso de Oaxaca —que llegó a presidir, siendo la primera mujer en hacerlo— hasta la Cámara de Diputados federal, impulsó reformas que trascendieron el discurso. La más relevante: la modificación constitucional para reconocer explícitamente los derechos político-electorales de las mujeres indígenas en el Artículo 2°. No es menor. Se trata de insertar igualdad sustantiva en el corazón del pacto federal.

En 2023, volvió a colocarse en el centro del debate legislativo con la reforma al Código Penal Federal que tipificó el matrimonio infantil como delito grave. México se posicionó como referente regional en la materia. Más allá del reconocimiento mediático, lo importante es la señal: la protección de niñas y adolescentes dejó de ser un terreno ambiguo para convertirse en obligación penal clara.

El liderazgo que combina narrativa y estructura

Hay liderazgos que conmueven y otros que construyen. El caso de Eufrosina destaca porque logra ambas dimensiones. Su narrativa es potente —una mujer zapoteca que enfrenta al sistema que la excluyó—, pero su impacto real está en la arquitectura institucional que ayudó a transformar.

Su formación académica —contaduría pública y maestría en ciencia política— no es un dato accesorio. Explica la disciplina técnica detrás de su activismo. No se trata solo de denunciar; se trata de redactar, negociar, incidir y lograr mayorías legislativas.

El reconocimiento internacional —ONU, listados de influencia y foros globales— amplifica su figura, pero no la define. Lo que la define es haber convertido una experiencia personal de discriminación en un precedente jurídico nacional.

Entre la épica y la responsabilidad

Es fácil romantizar su trayectoria. Más complejo es analizarla con objetividad. Eufrosina representa una generación de liderazgos indígenas que ya no piden permiso para participar en el debate público; lo exigen desde el marco constitucional. Sin embargo, el reto ahora es distinto: garantizar que las reformas aprobadas se traduzcan en implementación efectiva en comunidades donde las inercias culturales siguen siendo profundas.

Ahí radica la siguiente fase de su legado. Las leyes pueden abrir puertas; la transformación social exige seguimiento, educación y presencia territorial constante. La creación de la Fundación Eufrosina apunta en esa dirección: institucionalizar la causa más allá del cargo público.

Origen no es destino, pero sí punto de partida

La frase que repite —“origen no es destino”— sintetiza su mensaje. No niega la raíz; la resignifica. En un país donde la desigualdad territorial y étnica sigue marcando oportunidades, su trayectoria funciona como símbolo y como advertencia: el sistema puede cambiar, pero solo si alguien está dispuesto a confrontarlo desde dentro.

Aquella noche del 27 de noviembre no dejó solo inspiración. Dejó una pregunta incómoda: ¿cuántas injusticias normalizadas seguimos aceptando por costumbre?

Escucharla no fue un acto contemplativo. Fue un llamado a la corresponsabilidad. Porque si algo demuestra su historia es que las estructuras no se transforman por inercia; se transforman por decisión.

Y en tiempos donde la palabra suele diluirse en ruido, encontrar una voz que combina legitimidad, técnica y coherencia no es menor. Es, quizá, el verdadero punto de inflexión.

P.D.: Que fortuna de tener un ejemplar dedicado de “La niña de la montaña”. Si no lo han leído y esta columna llegó a ustedes, por favor, vayan a adquirirlo; es de esos libros que cambian vidas, y regeneran el hambre de accionar. 

Comparte este artículo