¿Por qué mi generación no cree en la política?
Por: Arantzazu Abreu y Uriarte 25 de Marzo de 2026 | Puebla, México
Durante años se nos dijo que éramos el futuro. Una promesa en pausa, una expectativa proyectada hacia adelante. Sin embargo, hoy esa narrativa resulta insuficiente para explicar lo que realmente ocurre: mi generación no está esperando su momento, está cuestionando el presente.
Y en ese cuestionamiento, la política ha perdido algo esencial: credibilidad.
No es apatía. Es desconfianza construida con el tiempo
No se trata de apatía, como con frecuencia se afirma de manera simplista. Se trata, más bien, de una desconfianza que se ha construido con el tiempo. Una generación que creció observando la distancia entre el discurso y los resultados difícilmente puede conformarse con las mismas fórmulas que le dieron forma a ese desencanto.
También hay un cansancio que pocas veces se nombra: el de ver, una y otra vez, a los mismos perfiles ocupando los espacios públicos; el de campañas que se acercan, prometen y conectan solo de manera temporal; y el de representantes que, una vez concluido ese momento, se diluyen en la distancia institucional.
A ello se suma una percepción persistente entre los jóvenes: cuando se abren espacios, muchas veces no responden necesariamente al mérito, la preparación o la capacidad, sino a lo disponible. No siempre se trata de exclusión abierta, pero sí de una inclusión que, en ocasiones, parece limitada.
De la promesa a la simulación
Para muchos jóvenes, la política dejó de representar un espacio de solución y se convirtió en un terreno de simulación. Las promesas reiteradas, la inconsistencia en las posturas y la aparente desconexión con la realidad cotidiana han erosionado su legitimidad.
Pero conviene precisar: el escepticismo no es indiferencia.
A mi generación sí le importa su entorno, su país y su futuro. La diferencia radica en la forma. Nos informamos de manera distinta, cuestionamos con mayor rigor y hemos dejado de asumir que la autoridad implica, por sí misma, razón. Esa distancia, que a menudo se interpreta como desinterés, es en realidad una exigencia más alta.
Se demandan resultados por encima de narrativas, coherencia por encima de presencia, y autenticidad por encima de estrategia.
La autocrítica que también nos corresponde
No obstante, esta lectura estaría incompleta sin un ejercicio de autocrítica. También como ciudadanos jóvenes hemos caído en la comodidad de la observación. Señalamos, opinamos y reaccionamos, pero con menor frecuencia participamos de manera activa en los procesos que cuestionamos.
La confianza pública no se decreta: se construye. Y en esa construcción hay una responsabilidad compartida.
Por un lado, quienes ejercen el poder deben comprender que ya no es posible apelar a inercias ni a discursos vacíos frente a una generación que ha aprendido a identificar la simulación. Por el otro, quienes observamos desde fuera debemos reconocer que la distancia, por sí sola, no transforma nada.
No conformarse no es rendirse
La política sigue siendo, nos guste o no, el espacio donde se toman decisiones que impactan directamente en nuestra vida cotidiana. Renunciar a ella no es una postura crítica, es ceder terreno.
Quizá el reto de mi generación no radica en volver a creer en la política tal como la conocemos, sino en exigir y construir una forma distinta de ejercerla.
No es que mi generación haya dejado de creer en la política; es que ha dejado de conformarse con ella.
Arantzazu Abreu Y Uriarte
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