333 años después, la desinformación sigue siendo un bajo -y desesperado- mecanismo de desprestigio
Por: Jordan Páez 23 de Mayo de 2026 | Ciudad de México
La política sucia no nació con las redes sociales. Mucho antes de los algoritmos, las tendencias y las campañas digitales de desprestigio, las democracias antiguas ya entendían el poder de la manipulación narrativa como herramienta de control político.
La democracia ateniense —frecuentemente idealizada como el origen de la vida pública moderna— estuvo marcada por intrigas, confrontaciones de poder y estrategias discursivas diseñadas para desacreditar adversarios. El debate no siempre giraba en torno a las mejores propuestas; muchas veces se trataba simplemente de quién lograba influir emocionalmente sobre las masas.
Han pasado siglos desde entonces, pero el comportamiento humano sigue respondiendo a los mismos impulsos: miedo, percepción y desinformación.
Y en tiempos donde la conversación pública se intensifica rumbo a nuevos escenarios políticos, la destrucción reputacional vuelve a posicionarse como una de las armas más utilizadas para intentar frenar perfiles incómodos o políticamente ascendentes.
Las nuevas hogueras digitales
La historia tiene una capacidad inquietante para repetirse. Y basta remontarnos a veces, siglos atrás, a veces, una semana atrás.
En 1692, durante los juicios de Salem, decenas de mujeres fueron acusadas de brujería sin pruebas reales, víctimas de una histeria colectiva alimentada por rumores, miedo y manipulación social. La condena pública ocurrió antes que la verdad.
Hoy, 333 años después, las hogueras ya no arden en plazas públicas. Arden en redes sociales. Las llamas ya no se alimentan de leña, sino de encabezados impulsivos, narrativas fabricadas y tendencias digitales que priorizan el escándalo sobre el rigor.
Y las víctimas, en muchos casos, continúan siendo mujeres que participan activamente en la vida pública.
El caso María Teresa Ealy
El reciente episodio alrededor de la diputada federal María Teresa Ealy Díaz expone precisamente esa problemática.
En días pasados, comenzaron a circular versiones sobre supuestos conflictos familiares relacionados con la posible venta de El Universal. Narrativas construidas desde la especulación y amplificadas digitalmente como si existiera una crisis interna de gran escala.
La respuesta de María Teresa Ealy fue contundente:
“Qué lástima que haya confundido periodismo con operación política barata. Ya no es periodismo, es obsesión”.
La frase no solamente desmintió la información. También abrió una discusión necesaria sobre el deterioro del debate público y sobre la creciente utilización de plataformas mediáticas para construir operaciones de desgaste político disfrazadas de periodismo.
Porque cuando no existen pruebas, se fabrica percepción. Cuando no existe información, se construye novela… Y cuando llega el desmentido, simplemente se cambia de tema. La mentira, efectivamente, duró menos que el encabezado.
Pero eso no elimina el objetivo central: desgastar políticamente. Y, naturalmente se podría entender el por qué de la desesperación per se: una crecida tremenda en aceptación electoral producto del eco que su trabajo en territorio está gestando, más de 15% a lo largo de un año que, según el medio o encuestadora, la colocan como la líder y perfil idóneo para capitalizar una alcaldía que se ha mantenido como bastión de oposición a la 4T.
Violencia política digital: el nuevo rostro del desgaste
Lo ocurrido no puede entenderse únicamente como una polémica mediática aislada.
De acuerdo con ONU Mujeres, el INE y distintos observatorios internacionales de comunicación digital, la violencia política de género ha evolucionado hacia nuevas formas de agresión donde las campañas de desprestigio, la desinformación y los ataques reputacionales cumplen un papel central.
La intención ya no siempre es destruir inmediatamente a una figura pública.
Muchas veces basta con desgastarla.
Sembrar duda.
Instalar sospecha.
Generar ruido constante.
Y las redes sociales han perfeccionado ese mecanismo.
Hoy una narrativa falsa puede recorrer el país -y la región LATAM- en cuestión de minutos, amplificada por portales digitales, cuentas anónimas y dinámicas de consumo inmediato donde el impacto suele importar más que la verificación.
Ese es uno de los riesgos más delicados de la conversación pública contemporánea: la sustitución del rigor por el espectáculo.
El perfil político que comienza a incomodar
Lo citaba más arriba, y aquí, comenzaré a profundizar: En política, pocas veces los ataques son casuales. Y es justamente ahí donde el episodio deja de ser una simple polémica digital y comienza a revelar algo mucho más profundo sobre la lógica actual del poder en México.
Porque los ataques contra María Teresa Ealy Díaz no pueden analizarse aislados de su crecimiento político. Sería ingenuo hacerlo. La diputada federal se ha convertido, en muy poco tiempo, en uno de los perfiles jóvenes con mayor construcción pública dentro de la nueva generación política de la 4T, pero no únicamente desde la exposición mediática, sino desde algo mucho más difícil de sostener: resultados, presencia territorial y capacidad de articulación.
Eso es lo que realmente comienza a incomodar.
María Teresa Ealy ha logrado posicionar una agenda vinculada con violencia de género, protección integral para mujeres y seguridad comunitaria, mientras paralelamente construye presencia ciudadana permanente. Más de 500 gestiones territoriales procesadas, más de 5 mil personas atendidas directamente y cerca de un centenar de casos jurídicos acompañados desde su fundación en materia de derechos humanos no son cifras menores dentro de una clase política cada vez más alejada del territorio.
A ello se suma un elemento particularmente relevante en términos de operación política: su capacidad de convocatoria. La realización del Segundo Parlamento Nacional de Mujeres Jóvenes, reuniendo a más de 350 participantes de todo el país, no solamente fortaleció su narrativa generacional; evidenció estructura, articulación y construcción de liderazgo. Y en política, esos factores pesan mucho más de lo que suele decirse públicamente.
Por eso el reciente intento de instalar versiones sobre supuestos conflictos familiares relacionados con la posible venta de El Universal difícilmente puede entenderse como un accidente mediático. La naturaleza misma del ataque deja ver otra intención: desplazar la conversación desde sus resultados hacia el terreno de la especulación, el desgaste personal y la percepción pública.
Es un mecanismo viejo. Profundamente viejo.
Cuando una figura comienza a crecer políticamente y no resulta sencillo cuestionar su trabajo territorial, su agenda pública o su nivel de posicionamiento, entonces aparecen las campañas orientadas a erosionar credibilidad, sembrar sospecha o instalar narrativas de conflicto que generen ruido suficiente para contaminar la conversación pública.
Y el problema es que hoy las redes sociales aceleran brutalmente ese fenómeno.
De acuerdo con organismos internacionales como ONU Mujeres y distintos observatorios de violencia política digital, las mujeres en espacios de poder enfrentan con mayor frecuencia campañas de desinformación orientadas a desacreditar emocionalmente su legitimidad pública. No se trata solamente de atacar decisiones políticas; muchas veces el objetivo es cuestionar su estabilidad, su entorno, su narrativa o incluso su derecho a ocupar espacios de influencia.
El patrón es reconocible, no hace falta profundizar. La discusión deja de centrarse en indicadores, resultados o capacidad política y comienza a desplazarse hacia rumores, interpretaciones y escándalos de coyuntura que puedan generar desgaste reputacional.
Por eso la respuesta de María Teresa Ealy terminó siendo tan relevante políticamente. No solamente porque desmintió las versiones, sino porque señaló algo que pocas figuras públicas suelen decir de manera frontal: “Qué lástima que haya confundido periodismo con operación política barata. Ya no es periodismo, es obsesión”.
Y quizá ahí está la parte más incómoda de toda esta conversación. Porque en política nadie invierte esfuerzos sostenidos en destruir perfiles irrelevantes. Los ataques más agresivos casi siempre aparecen cuando un actor comienza a ser visto como una posibilidad real dentro de futuros escenarios de poder. Nadie intenta apagar lo irrelevante; siempre se apaga lo que se considera potencialmente poderoso.
La rival a vencer, sea como sea
Quizá el fondo de todo este episodio no está realmente en una nota falsa.
Quizá el fondo está en algo mucho más evidente: María Teresa Ealy Díaz comienza a convertirse en un perfil políticamente competitivo.
Y cuando eso ocurre, aparecen las campañas de desgaste; no porque no existan argumentos para debatirla, sino porque resulta más rentable intentar erosionar su legitimidad antes de que consolide todavía más su crecimiento político.
Reitero. Basta observar el posicionamiento que ha construido en territorio, la narrativa de cercanía que mantiene con ciudadanía y la forma en que ha logrado conectar con sectores jóvenes y mujeres para entender por qué comienza a ser vista como una figura de peso rumbo a los próximos años.
Particularmente en espacios como Miguel Hidalgo, donde su presencia territorial y nivel de reconocimiento comienzan a colocarla —guste o no— como una de las cartas más fuertes de la nueva generación política de la 4T.
Y eso inevitablemente la convierte en la rival a vencer, sea como sea.
Cuando el periodismo pierde el rigor
Defender el rigor periodístico no significa blindar políticos. Significa defender la verdad como principio democrático. Porque una democracia sana necesita medios críticos, sí, pero también responsables. Necesita investigación seria, contraste de información y compromiso ético con los hechos.
No operaciones de percepción disfrazadas de análisis, porque el problema de fondo no es únicamente una nota falsa. El verdadero problema es la normalización de dinámicas donde destruir reputaciones comienza a ser más rentable que debatir ideas… y eso termina degradando la conversación pública.
México necesita recuperar algo esencial: la capacidad de diferenciar entre periodismo y propaganda, entre investigación y operación política, entre crítica legítima y campañas de desgaste.
Porque cuando el debate democrático se sustituye por rumores, escándalos fabricados y narrativas manipuladas, pierde la ciudadanía.
Y pierde también la democracia. Al tiempo, verémos cómo evoluciona esto, de cara a 2027.
Jordan Páez
Comparte este artículo
Te podría interesar




